La Vuelta vuelve a pasar por Euskadi. Ayer no tuve valor de escribir lo que me pasaba por la mente una y otra vez. No quería meterme en un jardín de pasteles, pero no hay más remedio. A La Vuelta le falta amor patrio. Soy venezolana y he de decir que a los venezolanos nos encanta ser venezolanos. De ahí que me costara entender que a muchos nacidos en el territorio geopolítico denominado España no les haga ninguna gracia ser españoles, ni sentirse españoles, ni emocionarse con nada que tenga que ver con España. Claro está, con los años entendí que "la españolidad" tenía, además de demasiadas connotaciones rancias y casposas, montones de espinas empeñadas en entrar una y otra vez en heridas sangrantes. Ante semejante panorama, es comprensible que le cueste desarrollar su propia personalidad a un evento que se llama "La Vuelta a España".
Amar La Vuelta y por consiguiente ir a ver el pelotón, engalanar el pueblo al paso de la carrera; evidenciar con pancartas, pintadas y figuras gigantes el orgullo de ser parte del recorrido de una etapa
requiere ciertas dosis de amor patrio. Un amor patrio que más que no existir, sopena de La Vuelta, se guarda con verguenza en el armario. Esto no lo puede solucionar La Vuelta. Simplemente se limita a ser una competición ciclista que se realiza a través de la zona geográfica comprendida entre Francia y Portugal y que para no hacer el nombre demasiado largo (y únicamente con ese fin) se denomida, La Vuelta a España.
Vamos que si La Vuelta evita entrar en el jardín de los pasteles (incluso, su web es www.lavuelta.com), no seré yo quien se empeñe en tal osadía pero.... hoy La Vuelta ha vuelto a Euskadi y yo nunca vi en esta carrera una etapa tan bonita.
Continuará....
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