Acabo de volver de unas maravillosas e insoportablemente cortas vacaciones. He estado de paso por Caracas, posiblemente, una de las ciudades con mayor stress per cápita de todo el mundo. También visité Isla Margarita, los Páramos y crucé el Parque Henry Pitier para llegar a Choroní. Pude comprobar algo que ya sabía pero de lo que soy ahora más conciente: a lo largo y ancho del Venezuela es posible encontrar parajes naturales de sorprendente belleza. Si bien, son los contrastes, tanto los naturales como los creados por el hombre, lo que más me sigue impresionando del país. Estos días he recordado la única campaña (que conozco) ha realizado Venezuela para promocionarse internacionalmente como destino turístico. Hermosos posters de playas, desiertos, montañas y llanos suscriben el slogan "
Venezuela: el secreto mejor guardado del Caribe". Allá, sorteando en el omnipresente caos del país, intenté ponerme en la piel de los pocos turistas extranjeros que encontré en mi travesía. Me preguntaba qué pensarían, cómo se sentirían, qué contarían al volver de su viaje. Por mi parte, sólo puedo contar que se me hizo corto y que en medio del despelote, el secreto sigue a buen resguardo.